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Alerta

El viejo mundo se muere. El nuevo está lejos de parecer, y es en este claroscuro donde surgen los monstruos.

Comparto en el alma la angustia de Gramsci y tampoco sé cómo contestar a una muy querida amiga – ­de derechas de toda la vida – cuando me acusa de complicidad con todos esos monstruos por vivir como una reina mientras a mi alrededor siguen quemando brujas y volando el cráneo a los más débiles. Así que sí, reconozco que no soy inocente. En este mundo no hay inocencia que valga como no sea en los frenopáticos por lo que para empezar y como bien dice mi amiga, empezar reconociendo que soy una privilegiada. Y además blanca. Básicamente ese es un crimen no por inconsciente menos sangriento. Digamos, además, que al menos yo, soy una blanca de extrema sofisticación. No tengo sangre entre las manos – eso sería demasiado vulgar –por lo que ningún sistema del mundo me llevaría por eso a los tribunales pues al igual que muchas otras, delego mi crimen y, con mi crimen, también la mala conciencia. Y es que entre mi crimen y yo hay por medio muchas cosas: todas las Ideas Bellas: La Literatura, los Derechos Humanos, el Universalismo, la Solidaridad, la Memoria de la Nakbah, el Feminismo, el Marxismo, el Tercermundismo, la pera en verso.

Entre mi crimen y yo está también la Renovación de esas grandes, bellas ideas: el Comercio Justo, la Ecología, la pensión, la Seguridad Social, el agua caliente, la calefacción, una casa junto al mar, mi pasaporte Scheneguen… Es gracias a todas estas cosas como una – lo quiera o no – se ve separada de sus víctimas por una distancia estratosférica. Y esa distancia no deja de ampliarse. A veces también sucede que esa distancia también se reduce: monstruos que entran disparando en las mezquitas (también en Hebrón), francotiradores que desde el otro lado de la valla tiran a dar a la cabeza de niños, mujeres y hombres desarmados, bombas que explotan en el metro, torres abatidas por aviones que se desploman como un castillo de naipes, periodistas diezmados, mujeres acabadas a cuchilladas. Y casi al instante, ¡un grito universal! Un grito nacido en el corazón de los demócratas, la unión sagrada. Todos somos Charlie, todos somos blancos, todos somos demócratas, todos somos “ellas”, las brujas que quemaron y las que quedan por quemar…

Todos somos, yo también. Mea culpa.

Pero, lo siento, por lo que tengo visto ha quedado más que claro que ninguno de esos gritos ha dado mucho de sí. ¿Qué hacemos?

Sadri Khiari [1], dulce soñador, escribió lo siguiente: Ya que ella es la compañera indispensable de los indígenas, la izquierda puede ser también su primer adversario.

Así que ya que estamos en vísperas de elecciones, intentemos sustituir el concepto “indígenas” por el de feministas, inmigrantes, grupos LGTB, temporeros, Kellys, colectivos explotados… a ver qué pasa.

Sí, hagamos un esfuerzo para acabar no solo con los trogloditas de la derecha sino con los buenistas de las izquierdas, sus “buenas intenciones”.

Hay que espabilar. Estar alerta.

[1] S.Khiari, Pour une politique de la racaille: inmigrés-e-s, indigènes, det jeunes de banlieues. París, Éditions Textuel, 2006

Artículo publicado en Último Cero el 12/03/2019