Aquí es donde empieza el desierto

por Pilar Salamanca

En la puerta del Lupa, en un Paseo, en cualquier apeadero de autobuses con un poco de techado, en el recibidor de Caritas, en las puertas de servicio de algunos restaurantes como porteadores o en un banco frente al mar con los viejos, como tatas. La gente apenas les sonríe. Aunque a veces sí. Pero ellos no entienden nada. Desierto social. Desierto cultural. A la exaltación de los días después de su llegada siguen el silencio, el vacío, la nostalgia de otros días que conocieron. Unos días cuando, a pesar de las dificultades, se recordaban humanos. Días en los que – a pesar de todo – tenían la impresión de participar en algo ¿la historia, quizá? O también el mal de su país, las dificultades de su familia, la desaparición de los amigos.

Esperaban algo al llegar aquí. No sabían qué, pero ciertamente no era esto: jornadas interminables de trabajo – caso de que lleguen a tenerlo – tristes veladas húmedas y sin luz eléctrica, una vida solidificada sin vislumbres de cambio, sin sorpresas ni esperanzas.

Aunque desde un punto de vista puramente material tengamos que reconocer que algunos viven un poquito mejor que antes. Que, los más afortunados disponen de techo, aunque sea compartido; que encuentran para comer, aunque sea en frío. Claro que si tenemos en cuenta lo perdido creo que podríamos decir que todo les ha salido demasiado caro.

A veces, alguien se les acerca y les habla. No entienden demasiado, pero comprenden seguramente que queremos tranquilizarles mientras les explicamos que los de aquí somos buena gente, que no deben tener miedo, que no tienen que estar tristes porque ahora – por fin – están fuera de peligro. Sonríen, pero son incapaces de hacernos entender que su tristeza se debe precisamente a esa presunta seguridad que consiste en “no tener que pensar en otra cosa” que buscar o conservar un trabajo (casa-curro-casa), en no tener otra cosa que esperar, sino que lleguen los domingos para dormir y soñar con su país un ratito más.

Como explicarnos, sin ofender a nadie y las pocas palabras que saben, que nuestras bellas ciudades no son más que un desierto para ellos, los refugiados, un desierto que han tenido que atravesar para llegar a eso que se llama “integración” o “asimilación” y que, por supuesto, la mayoría no conseguirán nunca. ¿Sí, como podrían explicarlo?

Por eso algunos deciden volver a su tierra, aunque sigan cayendo bombas; otros escapan lo más lejos posible, siempre más lejos, más hacia el Norte. Los hay incluso que se suicidan. Yo conocí a una. Tenía 18 años. Se llamaba Nayat y era siria.

Publicado en El Faradio, 11 enero 2020.

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