Dejar morir

por Pilar Salamanca

No sé si son 800 o 1.400 pero imagínen el espectáculo: recién rescatados de las aguas pasan su primera noche tirados sobre una manta en el muelle de Arguineguin (Canarias).

En fin, ¿cómo decirlo?  reconocer a estas alturas que la guinda del espectáculo de nuestra civilizada Europa, de nuestra inhumana Europa haciendo de carnicero no es un espectáculo sino la pura realidad, es bastante fácil. Además, ¿qué puede haber mejor? La realidad es una cosa extravagante que se encuentra en todas partes y en ninguna. Igual que la responsabilidad. A poco que nos esforcemos encontraremos siempre algo o alguien a quien echar la culpa.

Con todo, desde hace algún tiempo, parece que se marchita, la Realidad se marchita. Es algo que resulta curioso y difícil de explicar: sigue estando ahí, pero es como si hubiese perdido consistencia. Nos hemos acostumbrado tanto a ella que simplemente, hemos convertido el horror en uno más de los muchos efectos especiales de Spielberg en el mundo de los dinosaurios y aquello sobre lo que aparentemente se fundamentaba – algo así como la humanidad o la decencia – de pronto se tambalea, cambia, cae al suelo destrozado. Y ya no reconocemos nada: todos esos valores parecen haber sido barridos por la velocidad, el dinero, la crisis (nuestra), la política (nuestra), los intereses económicos (también nuestros).

Hasta que de repente, una imagen antigua, la Arcadia Feliz o los felices (para algunos) Años Veinte nos colma de añoranza. Pero ¿qué es lo que añoramos? ¿qué sociedad? ¿qué ideal? ¿Qué clase de placidez? En fin, no tengo zorra idea.

Yo solo puedo decir que el espectáculo del que les hablo ha ya tiempo que ha comenzado.  Y desde los confines más lejanos los migrantes arriban a nuestras costas o se pierden imparables en el mar sin otro ruido que el que hacen las olas cuando los chupan. Sin embargo, en la más impenetrable oscuridad, pero también a la luz del día, los que sobreviven siguen llegando. Arguineguín o la Patagonia da lo mismo.

Y nosotros, que somos generosos, les damos mantas y chalecos y les encerramos en centros adecuados para que los atiendan. Claro que después ¡que sea lo que dios quiera! pues como dice Helena Maleno, “Dejar morir a personas da dinero, dejar sufrir da dinero, esclavizar da dinero”. Y no vamos a desperdiciarlos. Eso sí, lo único que queremos los espectadores –es decir todos nosotros – es verlos un rato. Lo que no queremos es oírlos. No queremos hablar con ellos. Sólo queremos mirarlos, si acaso, en el parte del telediario. Queremos dejar la cuchara sobre el plato y aprovechar ese instante para poder echar una ojeada a esos desgraciados.

Pero en realidad ¿qué vemos? ¿qué oímos? ¿qué mentira articula la boca de ese locutor tan repeinado? ¿de dónde sale la voz que habla? ¿Qué clase de  moñería es la que dicta nuestros sentimientos? Pareciera que sale de las profundidades de nuestro pasado colonial, de lo más hondo de nuestras entrañas de larvas. Escuchamos con oído distraído las noticias, los horrores de las noticias pero, acto seguido, nos servirmos un café.

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