Hannah Bashir

por Pilar Salamanca

Cuenta que temió por su vida y que, en la guerra, el miedo está siempre a tu lado pero que ha comprendido, al fin ha comprendido, que no hay ni habrá ninguna solución para el Sahara sin guerra.

Se me rompe el corazón.

Y mientras calienta el té sobre unas brasas de carbón cuenta también por qué decidió convertirse en combatiente a sus 21 años como hijo y nieto de la diáspora saharaui, cuando en 1975 Marruecos ocupó a sangre y fuego el Sahara Occidental después de que España abandonase vergonzosamente a su gente dejando a más de 200.000 personas sin patria y a un montón de generaciones de jóvenes, entre ellas la suya, sin futuro.

Me siento mal.

Se dice que cada día son más los jóvenes que toman las armas y se entrenan en las escuelas militares del Frente Polisario porque han perdido toda esperanza en las “conversaciones (así las llaman) de paz” que hasta ahora han dependido de una panda de falsarios absolutamente decididos a no respetar ningún acuerdo y a seguir pasándose por el arco de triunfo la legalidad, la justicia y la biblia en verso.

Me sofoco. Tengo la impresión de que una mano sádica me sostiene la cabeza dentro del agua y me impide recobrar el aliento y cuanto más me resisto, mas acrecienta esa mano su presión.

También ha comprendido, Hannah ha comprendido que no hay ya escapatoria posible. Que nosotros, los civilizados blanquitos y blanquitas de estas democracias de chichinabo inventadas para unos pocos, somos parte del problema. Gusanas o monstruos, lacayas o verdugos, demócratas o kamikazes. Esto es lo que hay, esta es la alternativa que ofrecemos. Hemos dado la vuelta completa (creo que algunos lo llaman “profecía blanca”) para terminar dando con nuestros huesos en la fosa séptica del “no-ser”. Los blancos nos hemos convertido en “bárbaros” (con todos los respetos para los verdaderos bárbaros). Nuestras sofisticadas complejidades se volatilizaron hace tiempo nadie sabe donde. Nuestra humanidad se ha visto devastada, despojada de si misma, vaciada de toda sustancia histórica.

Pretendemos ser eso que una vez fuimos, pero no somos más que caricaturas fantasmagóricas y desarticuladas. Nos inventamos una supuesta y respetable identidad pero se trata tan sólo de algunos retazos dispersos pegados con goma de mala calidad mientras, desde el pasado, los padres de la intelectualidad nos miran perplejos: “¿Quienes son ustedes?” se preguntan.

De los seis a los doce años Hannah pasó seis veranos en España gracias al antiguo programa Vacaciones en Paz y en esos meses le dio tiempo a aprender que a veces la guerra no sirve solo para recuperar un país, sino que es más bien la única posibilidad que tienen los perdedores para optar a un futuro diferente al de sus padres, varados sin esperanza en tierra de nadie. La única posibilidad que tienen de proteger la dignidad.

La guerra. ¿se dan cuenta?

Me duele el alma.

Artículo publicado en El Faradio el 20/10/2021

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