Yo Loba 13

por Pilar Salamanca
Loba

Cometimos muchos errores. Nos olvidamos de analizar la situación, de controlar nuestras expectativas, de pedir ayuda. Confundimos lo de ser madre con lo de ser mártir, la comprensión con el olvido de una misma, la paciencia con la mercromina. Descuidamos las prescripciones de nuestro propio ego. Desperdiciamos el tiempo, utilizamos incorrectamente nuestras mejores capacidades, no acertamos a la hora de darnos a conocer como mujeres. Fuimos demasiado temerosas porque no queríamos repetir lo que habían hecho con nosotras. Fuimos demasiado bruscas, nos hacía violencia decir “no”. Fuimos demasiado cuidadosas. Demasiado rápidas. Demasiado lentas. Nos lastimábamos a nosotras mismas y a ellos también. A veces una lloraba y necesitaba que le atusaran un ratito el lomo. Al menos un ratito. No nos perdonábamos nada. Cuando a veces no sabíamos responder a una pregunta, no descansábamos hasta encontrar la respuesta. O al menos, su respuesta porque la nuestra, en fin, esa podía esperar. Pero si no la encontrábamos titubeábamos como ineptas, como torpes, como idiotas. Ante ellos siempre dábamos mala imagen y su urgencia, su exigente tono, nos provocaba un terrible dolor en la nuca.  Conocimos el sabor del fracaso. Muchas veces, nos sentimos humilladas, retraídas, intimidadas. Deseábamos darles a conocer nuestra historia para que pudieran entendernos mejor.  Escribimos libros, poemarios para explicarles las cosas. Pero, ya digo, fracasamos. Después, cuando crecieron y se fueron de casa, deseamos incluso olvidar nuestras historias, comenzar de cero y presentarnos como hojas en blanco. Pero seguimos descendiendo, cada vez más abajo, ante sus pies.  Un día supimos por fin que habíamos desaparecido o que estábamos a punto de hacerlo, y no nos produjo ninguna sorpresa. Que aparecerían otras mujeres -sabíamos – mujeres como nosotras pero que no serían sus madres, distintas, nuevas, quizá valientes, representantes sin nombre de una multitud intermedia y anónima que se convertirían en sus compañeras – con suerte- o en sus geishas – caso de que no la tuvieran pero que en ese mismo momento, nosotras, sus madres, quedaríamos rebajadas a ser simplemente una nota a pie de pagina de nuestra propia vida. Y de la suya. Y ya no habría vuelta atrás.

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