Yo Loba 6

por Pilar Salamanca
Loba

Tengo la impresión de que el mundo pandémico que vivimos se divide hoy en dos clases de países: los que están habitados por gentes que son todas lo que son. Donde las profesoras son profesoras, las carteras, carteras y así todo el rato. Y los demás, donde los tránsfugas no son tránsfugas sino políticos pragmáticos y donde los políticos pragmáticos no son políticos pragmáticos sino algo parecido a los seres humanos; las prostitutas no son prostitutas sino “trabajadores del sexo” y los ex presidentes como Aznar y Rajoy no son unos corruptos sino simplemente, idiotas que no saben lo que viene sucediendo a su alrededor.

En cuanto a mí, que desde muy pequeña supe que quería ser escritora, tampoco sé donde ubicarme. Y no lo sé porque la democracia literaria ha destruido gravemente mi autoestima. Ya no sé ni lo que hago, ni quién soy ni a dónde voy. Pero lo que tengo muy claro es que al Olimpo yo no voy. Paso. El Olimpo, ¿qué quieren que les diga? no se ha hecho para mí: allí es donde moran los dioses modernos, los mega-escritores, los editores/rey, los magnates de la literatura mimados por las Musas. En fin.

Eso sí, un día caí en la cuenta de que en realidad lo mío es ser siempre una especie de “aprendiza”. Años leyendo desaforadamente, noches y noches leyendo a Joyce, a Nabokov, a Clarice Lispector, a Paul Celan y Adrieenne Rich hasta que, prácticamente me lo leí todo y decidí iniciar el vuelo por mi cuenta. Poco a poco hasta conseguir despegar. Un poco más rápido luego, cuando empecé a darme cuenta de que el tiempo se acababa. Y así hasta ahora.

Que acabo de descubrir, miren por donde, que fuera lo bueno que fuera (e incluso aunque fuera maravilloso) mi trabajo no serviría de nada sino llegaba a convertirme en una “referencia literaria”. Y para eso, según dice mi maravillosa Ugresic, es preciso o mas bien inevitable, nacer con la creencia de que ESO, ocurrirá algún día lo cual, me temo, no es mi caso.

Eso si, si lo consigues, estás salvada porque a partir de entonces, nadie se mostrará dispuesto a abordar la desagradable tarea de evaluar tu trabajo. Claro que tampoco te leerán mucho. Este tipo de escritoras raras veces son leídas por los editores, los críticos u otros escritores de referencia; ni siquiera por aquellos que les otorgan premios. Ser una escritora de referencia – como bien dice la Ugresic – significa gozar de inmunidad diplomática en el mundo literario, poseer una autoridad literaria indiscutible e incuestionada, asegurarse un asiento en el Olimpo. Y eso, qué quieren que les diga, no parece estar al alcance de cualquiera. O, más bien, del mío no. En fin, mucho me temo que no tengo mas remedio que seguir protestando. Señor qué cruz.

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