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Cuéntame cómo empezó – Capítulo 5

Después de la Declaración del Estado de Israel, en Mayo de 1948, las atrocidades de la Hagannah se prolongaron durante algunos meses más y cuando por fin llegó el armisticio (por llamarle de alguna manera) Israel se había apropiado de 3500 kilómetros cuadrados más de tierra palestina, Faruk, rey de Egipto, de la Franja de Gaza y la monarquía hachemita de Jordania de la Cisjordania. El ámbito geográfico de la Palestina histórica había dejado de existir y casi 900.000 palestinos se amontonaban ahora en los campamentos de refugiados de Jordania, Siria, Libano y Gaza, alimentándose con las raciones de socorro repartidas por la UNWRA (La Agencia de la ONU destinada a la Protección de los Refugiados Palestinos. Sí, la misma que el gobierno de los Estados Unidos ha declarado hoy “non grata” por hacer lo que consta en sus estatutos como primer motivo de su creación: proteger a los refugiados).

Años después, en 1967, el dios de la guerra volvió a tronar e Isaac Deutscher, un escritor judío escribiría:

“Fue con repugnancia que vi por televisión las escenas de Israel en aquellos días; la ostentación del orgullo y la brutalidad del conquistador; los estallidos de chauvinismo y las salvajes celebraciones del vergonzoso triunfo, contrastando las imágenes del sufrimiento y desolación palestinos, las caravanas de refugiados jordanos y los cadáveres de los soldados egipcios muertos de sed en el desierto. Contemplé las figuras medievales de los rabis y los jassidim saltando de alegría en el Muro de las Lamentaciones y sentí como los fantasmas del oscurantismo talmúdico – que bien conozco – se amontonaban sobre el país y como la atmosfera reaccionaria de Israel se volvía densa y sofocante”.

Y así, en el vacío que dejó el largo éxodo palestino, se estableció la Paz Israelí. El profesor de matemáticas italiano pasó a ocupar la casa del tendero palestino. El lingüista inglés construyó la suya sobre un espacio demolido. El pintor apátrida del Quartier Latin se rodeó de un ambiente verdaderamente oriental y el ingeniero agrónomo argentino se fue al kibutz donde ya no quedaba ni memoria del fellah (campesino) que durante 13 siglos había labrado aquella tierra.

Después de la Guerra de los Seis Días (Junio,1967) se instaló un clima de derrota en las cancillerías de todos los países árabes. Para los palestinos era esencial acabar con ese clima y por eso, apenas terminada la guerra, reanudaron las hostilidades. Eso fue el 28 de agosto de 1967. En cuatro meses los combatientes de Fatah (Movimiento Nacional de Liberación Palestina) lanzaron 79 operaciones en el interior de Palestina, pusieron fuera de combate a más de 300 sionistas, volaron dos trenes militares, derribaron tres helicópteros, destruyeron medio centenar de vehículos, hicieron estallar los depósitos de explosivos en Acre y bombardearon con bazukas los suburbios de Jerusalen y Tel Aviv.

Estaban allí, la Resistencia siempre estuvo allí por más que el precio fuera duro: En ese año perdieron 46 hombres de los cuales la mitad eran cuadros de conducción. Pero en todo el mundo árabe la actividad de Al Fatah fue percibida como una luz de esperanza.

Al año siguiente, sería lo de Karameh (Jordania, marzo 1968), la batalla que hizo retroceder al ejército judío y que simboliza para los palestinos la recuperación de la propia identidad negada tras la derrota, la confiscación, la persecución y el exilio del 48 y donde los palestinos – como se recoge en algunos de sus documentos – pudieron demostrar al mundo que podían entrar en la batalla para crearlo todo de la nada.

Después de Karameh, millares de palestinos acudieron a incorporarse a Al Fatah que desde luego no estaba preparada para recibirlos pero que, aun así, se vio obligada a abrirles sus puertas. Un año después, la Resistencia palestina se paseaba libremente por Siria, tenía una estación de radio en El Cairo, y dominaba prácticamente en Líbano y en Jordania.

Pero enseguida, sobre este transitorio triunfo, iba a abatirse la traición del rey Hussein. (traición que pagaría cara cuando un refugiado acabó con su vida) y la esperanza palestina ardería en las calles de Aman y en las montañas de Jordania antes de volver a renacer, muy poco a poco, como un ascua inextinguible que no está destinada a apagarse.

Pero este sería, por supuesto, un capítulo diferente de esta terrible historia que incluiría, como colofón, la descripción, en pleno siglo XXI, de un genocidio perpetrado en vivo y en directo ante los ojos del mundo. El capítulo de los últimos cincuenta años de una Nakba inacabable. Pero que acabará. Aunque nosotros ya no estemos aquí para contarla.

Artículo publicado en El Faradio el 09/01/26.