El tumor

por Pilar Salamanca

Los animales parecían saber mucho más que ella misma de lo que estaba a punto de suceder, pero se guardaban muy mucho de decir nada. La golden del jardin del vecino le esquivaba la mirada, Paco, el gato del segundo, veía algo a su alrededor y volvía la cabeza guiñando los ojos, las palomas seguían a lo suyo y ni siquiera detenían su picoteo obsesivo para dejarle pasar y el canario, bueno el canario solo quería alcanzar las hojas de lechuga prohibida que habían dejado al otro lado de la jaula. Diría que, desde que recibió la noticia todos ellos se habían puesto de acuerdo para hacer como que no pasaba nada. Quizá por indiferencia pero más probablemente por una compasión tan intensa que les hacía incapaces de soportar el mínimo contacto visual. Pero al mismo tiempo, ese silencioso contacto era lo que más le hacía falta porque, acababa de darse cuenta, la mujer acababa de darse cuenta, que el contacto con esas pequeñas vidas atrincheradas en pieles, garras, plumas tenía -en esos momentos- mucho más que ver con ella que cualquier cosa que existiera en el mundo. Aunque sólo fuera porque la vida de ellos, la de todos ellos, que estaba sujeta a las mismas leyes que la suya, no se había visto afectada.

Y como si de alguna manera quisieran confirmar esa realidad, los perros, desde algún lugar de la lejanía, ululaban suavemente interrumpidos, de vez en cuando, por la tos ronca y desdeñosa de sus dueños que – a diferencia de ellos – no sabían nada de aquella mujer. Oía también los aullidos de una sirena. Y, en un momento, el teléfono. Esta vez no dejó que la asustara y decidió descolgar. En el cielo aparecían ya las primeras manchas de la noche y entonces, le dijeron, era hora de ingresar.

Hasta ese momento, y a pesar de la evidencia, ella se había negado a asustarse. Los médicos, ya se sabe, dicen demasiadas cosas. Así que había decidido quitárselo de la cabeza. Me lo quitaré de la cabeza, pensó, y seguiré viviendo como si nada. O quizá ni siquiera fuera lo que le habían dicho los médicos sino el convencimiento que tenía de que ella no, ella ¿por qué?. Al final sería toda una cura de humildad comprobar que ella era solo, era nada más, una de las tres mujeres que año tras año son diagnosticadas de un tumor en el pecho. Hermanas todas.

Y para allá que fue. En ayunas. Un pequeño viaje en coche contemplando las calles, medio dormida, detrás de las ventanillas y pensando, todo irá bien, ya veras. Ya verás.

Sí, bien, pero ¿qué significaba eso?

Pero sí, al final todo salió como esperaba. Nada de sentimentalismos. Ella era sólo una más. Su pequeña realidad de todos los días no hubiera podido soportar que se la midiera de una forma menos íntima. Sí, merecía la pena. La esperanza.

Artículo publicado en El Faradio el 25/06/2021

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