La luna en el espejo

Viajeras a través del islam

De la monja Egeria a Jan Morris

Las mujeres que recorren el mundo a partir de la segunda mitad del siglo XIX constituyen un catálogo rutilante: aventureras empeñadas en dar la vuelta al mundo, espías, escritoras, misioneras, periodistas, aviadoras, artistas, enfermeras, sufragistas, fotógrafas, científicas… A diferencia de sus homólogos masculinos en trance de construir el pensamiento orientalista —esa estructura mental del patriarcado colonialista eurocéntrico—, estas mujeres adoptarán —en general— una mirada mucho más matizada y su manera de describir al otro será menos abstracta y prejuiciosa, más cercana y comprometida con lo que viven y ven.

La curiosidad es una inspiración muy arraigada que impulsa a cualquier ser humano al encuentro con lo desconocido, al viaje. A pesar de que la historia haya sido escrita con la goma borradora masculina, hay muestras de que las mujeres no fueron ajenas al estímulo del viaje en todo tiempo y lugar. En el siglo IV vivió Egeria, una dama hispana, de muy probable origen gallego o leonés, que dejó constancia de un itinerario a Tierra Santa [id est, Palestina] en un texto conocido como Peregrinatio Egeriae, escrito en latín vulgar, el modo popular de hablar el latín, que vendría a ser una especie de protorromance, el paso intermedio entre el latín más o menos clásico y el castellano arcaico (o gallego o leonés o catalán o cualquier otra modalidad románica a que dio origen el latín).

Suele afirmarse que siempre estuvo erizado de dificultades adicionales el desplazamiento de mujeres por países lejanos, como demuestran los casos de Mary Montagu (1689-1762), un icono feminista en la actualidad, cuyas apreciaciones y escritos hubieron de esperar al siglo XX para ser conocidos; o el de la botánica Jeanne Baret (1740-1807), que solo travestida de hombre pudo escapar a la vigilancia patriarcal y culminar su viaje científico. Sin embargo, la gran dama viajera del siglo XX —que fue sin duda Jan Morris (1926-2020)— opinaba que, siendo mujer, era mucho más fácil y seguro el viaje: las mujeres ayudan siempre a las mujeres (la sororidad). Y Jan Morris sabía muy bien de lo que hablaba, puesto que viajó como hombre y, posteriormente, tras un cambio de sexo, como mujer.

Será ya muy avanzado el siglo XIX cuando comencemos a visibilizar a una pléyade impresionante de féminas trotamundos que, además de las proezas espaciales que suponen sus peregrinajes por comarcas apenas abiertas al tránsito de extranjeros, supieron dejar testimonio en muy decisivas obras, en forma de memorias, novelas, cartas, ensayos, pinturas y fotografías. Así, a modo de ejemplo, podríamos recordar a algunas de estas indomables y espléndidas mujeres: Gertrude Bell (1868-1926), una especie de Lawrence de Arabia, antisufragista, espía y suicida; Alexandra David-Néel (1868-1969), la primera mujer que accedió al Tíbet; Amelia Earhart (1897-1937), aviadora desaparecida en el Pacífico con su avión; Isabella Bird Bishop (1831-1904), exploradora y fotógrafa, amiga de Constance Gordon-Cumming (1837-1924), escritora y pintora de paisajes y acuarelas; Nellie Bly (1864-1922), pionera del periodismo de denuncia, que compitió en dar la vuelta al mundo con otra periodista viajera, Elisabeth Bisland (1861-1929); la letona Annie Londonderry (1870-1947), que también dio la vuelta al mundo en bicicleta; la chilena Maipina de la Barra (1834-1904) recorrió Europa y América y dejó constancia de su preocupación por la educación de la mujer; Mildred Cable (1878-1952), Francisca French (1871-1960) y Evangeline French (1869-1960), un trío de misioneras protestantes que, tras salir de China, recorrieron solas en su carromato la ruta de la seda por Asia Central; Marianne North (1830-1890), bióloga y artista botánica, pintora y viajera impenitente por todo el mundo; Freya Stark (1893-1993), autora de 25 libros, la mayoría sobre sus viajes por Medio Oriente, Afganistán y Arabia; Annemarie Schwarzenbach (1908-1942), arqueóloga y novelista, acompañada en su viaje a España por la fotógrafa Marianne Breslau (1909-2001) y en Afganistán por la escritora y fotógrafa viajera Ella Maillart (1903-1997); o la mítica Isabelle Eberhardt (1877-1904), joven suiza convertida al islam y viajera por el norte de África. Cada una de las mencionadas en este corto elenco merecería, por su vida asombrosa y por su obra extraordinaria, una pormenorizada atención; de hecho, a varias de ellas ya se les han dedicado filmes, ensayos y biografías que relatan una existencia rica, única, libre.

En este capítulo voy a referirme a cuatro autoras (una china y tres españolas) que han testimoniado en sus obras y en sus vidas un largo y hondo viaje por algunas regiones del islam. A la vez, constituyen señeros ejemplos de lo que denominaré —robándole el título de su novela a Enrique Vila Matas— el viaje vertical, intenso y profundo, frente al viaje horizontal, extenso y superficial. Por tanto, no son aplicables los ejes geográficos norte/sur y occidente/oriente, sino que en el caso de estas mujeres su viaje comienza en un punto de encuentro con el mundo musulmán (sea Tánger, Beirut, Alhoceima, El Aaiún, Palestina, Dajla o Lesbos), a partir del cual se origina la profundización, la empatía, la absorción y la crítica de aquellas sociedades o grupos. No hay en la mirada de estas quatre dames sans merci búsqueda de paraísos ni nostalgia de un mundo ya desaparecido en sus países de origen (es decir, no encontraremos la percepción [neo]colonial o [neo]romántica de décadas anteriores) y, como cabría esperar, sí está muy presente la crítica política feminista de las estructuras patriarcales, tanto de las sociedades visitadas como de sus países de origen. En las obras de estas autoras también se produce el viaje vertical fuera del espacio geográfico netamente arabomusulmán, aunque el relato se localice en Madrid o en Lesbos (Grecia) —por poner dos ejemplos—. También ahí se produce un viaje en descenso al mundo y a la cultura arabomusulmanes a través de grupos o individuos inmigrantes y refugiados.

La arabofilia feminista de Pilar Salamanca

Pilar Salamanca (Valladolid, 1948) es activista, poeta, novelista, traductora y periodista, doctora en Filología Inglesa, licenciada en Árabe e Islam y especializada en Historia Contemporánea del Oriente Medio. Muchos de sus cuentos, novelas y libros de poesía han sido reconocidos con distintos premios literarios. De su variada labor como escritora sobresale un grupo de obras que es expresión comprometida de una permanente actividad en las arenas del arabismo. Así, podemos mencionar (entre otros muchos títulos, especialmente poemarios, novelas y multitud de artículos que ahora dejo al margen): los poemarios Qassida (dedicado al cheik Suliman Ali Jabary, 1998) y Días de lengua roja (2014); sus novelas A cielo abierto (2000) (historia de Hayat, una joven superviviente de la matanza de Deir Yassin, una pequeña aldea en los alrededores de Jerusalén), Cráter (2007) (que transcurre en Yemen) e Hijas de Agar (2017) (relato de la vida de cuatro mujeres de una misma familia cairota); y cuatro obras en colaboración con Najaty Suliman, como son la traducción directa del árabe del Poema de la Medicina (1999) de Avicena, la traducción de los cuentos palestinos de tradición oral Cuenta, pajarito, cuenta… (2013) de Sharif Kanaana, la traducción del inglés de En el origen. El Arábigo, cuna de las lenguas semíticas y ancestro de las lenguas indoeuropeas. Una teoría (2020) de la profesora egipcia Tahia Abdulaziz Ismail y Las migrantes: palabras de origen árabe en el Oxford English Dictionary (2020) (que es una revisión y reedición de su tesis doctoral de 1994 titulada Estudio y Sistematización de las palabras de origen árabe en el Oxford English Dictionary). La autora confiesa que su interés por la arqueología y el origen de la lengua árabe se originó «al darme cuenta de hasta qué punto los diccionarios en general y los españoles en particular son —entre otras cosas— chovinistas, racistas y machistas y, especialmente, manipuladores de la etimología e historia de las palabras».

En todo el quehacer literario de Pilar Salamanca está muy presente su pensamiento político y feminista, inseparable de su arabofilia. Ambos aspectos son muy visibles en tres obras a las que me referiré ahora: el ensayo Trayectorias: una antología de escritoras palestinas contemporáneas y entrevistas (2018), el libro de viajes Beirut mish huna (2019) y el inclasificable LESBOS (2020).

Contraportada

«El lugar de la memoria»

El extranjero arribó a la ciudad ya en la noche. Ha cenado y no puede dormir aún. Pasea silencioso del brazo de su hijo por una calle desierta: de improviso, le alcanza la sensación de estar revisitando «antiguos fulgores de viejas lunas». Aunque fue hace cuarenta años cuando pisó por última vez estos adoquines, la inmensa soledad de la plaza hace surgir en su mente la idea de la inmutabilidad de las cosas, ¡quizá el tiempo no pueda con estos adoquines! La luna, la fosforescencia de las torres de la basílica, el lago azulado de la gran plaza le predisponen a navegar y, de repente, divisa en lontananza (ya endereza el rumbo al mar de los recuerdos) la Puerta de San Florián. Ahora tiene once años, es invierno de 1868, y después de la escuela preparatoria regresa a casa donde una monja silente y una anciana ama de llaves ambientan una atmósfera que le encoge el corazón: «No sé qué habría sido de mí de no ser por mi afición a la lectura. ¡Leí! ¡Qué no llegué a leer!».

… La memoria de mi paraíso funciona como un cubo de Rubik, combinación de colores, historias y sentimientos. Un perfume azul, que se torna en rojo trágico y visceral de lugares arrancados y borrados de la realidad. La repetida cópula de los sueños que rebotan en el espejo del agua, amarillo de fantasma y pesadilla infantil. Mi vida con la ola y el mar, azul marinero. El don preclaro de los afectos, que son del color blanco de hada. El esplendor en la yerba, que es el verde del primer amor. Y el deslumbramiento de la arena, naranja untuoso como la primera vez que atisbé el desierto desde la ventanilla de un avión…

«El lugar de la memoria»,

En La luna en el espejo,

de Miguel A. Moreta-Lara