Reflexiones

por Pilar Salamanca

La censura, he descubierto, no implica necesariamente una prohibición formal, aunque la libertad, entre otras cosas, sea la libertad de decir a la gente lo que no tiene ganas de escuchar.

Con la variedad inaudita de informaciones desfilando ante ella (la guerra en Ucrania, pero también la asquerosa traición de nuestro gobierno al Sahara, la limpieza étnica que los criminales sionistas están llevando a cabo con el pueblo palestino y más y mas) es evidente que parece dispuesta – la censura – a escuchar cualquier cosa, hasta tal punto la tiene sin cuidado casi todo.

Pero al cabo, es decir, inmediatamente, una se da cuenta de que son muchas las cosas de las que no se quiere enterar y que cuando a pesar de los pesares todas estas cosas llegan a sus oídos es bien capaz, la censura, de transformarlas en meras hipótesis, desactivarlas, relativizarlas con el fin de inmunizarse contra la verdad y de acostumbrar nuestras mentes al horror, venga de donde venga, sin que podamos reaccionar. Es por eso que somos muchos, muchísimos los que hemos llegado a identificar el porvenir con esa avalancha de mentiras, violencias caídas del cielo, con el aire irrespirable y la injusticia institucionalizada.

Orwell hablaba de “la intuición que, bien unos o bien otros, tenemos de una perdida irreparable de humanidad en beneficio de una barbarie de nuevo cuño”. Enseguida y como no podía ser menos, el término barbarie se hizo un hueco en el vocabulario de los medios de comunicación y se puso de moda. ¡Es la pera! Al parecer politólogos, tertulianos, historiadores, especialistas varios no entienden – no han entendido nunca – que hablar de barbarie presupone una civilización que defender solo que, claro, ya me dirán ustedes que clase de civilización es esta basada en esta democracia de chichinabo y mercancías, en esta incapacidad que abruma a pequeños y mayores para salir del universo artificial de las sensaciones automatizadas (a no ser a través del delirio o de la violencia brutal).

En fin, mucho me temo que ante este panorama y cuando, en una de esas, la ciudadanía mas responsable se pregunte inconveniencias del tipo “¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?” lo que en realidad está queriendo preguntar sea algo mucho más inquietante como -por ejemplo – “¿A qué hijos vamos a dejar este mundo?”.

Pero claro, de aquí pasaríamos directamente al tema de la infancia y, sobre ese tema en concreto una tiene sus propias teorías. Solo que hoy, la cosa me pilla sin ganas. Y podría ser incluso que algún imbécil super-moderno, haciendo uso de su respetable libertad, me dijera cosas que en estos momentos, una servidora no tiene ganas de escuchar. Ahora no, pero quizá a la próxima.

Artículo publicado en El Faradio el 17/04/2022

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