Concertinas

por Pilar Salamanca

El mundo al revés. Estoy segura de que muchos de los refugiados de la Guerra Civil española y hoy honrados contribuyentes de países como Francia, Alemania, Suiza o Inglaterra y otros (los que pudieron volver), se oponen con virulencia a que los refugiados sirios, saharauis o norteafricanos en general sean ahora sus conciudadanos. Países como el nuestro que envió a muchos de sus hijos a Méjico o a la Argentina construyen de pronto telones de alambre de espino, sin pensar que en el alambre los que quedan atrapados son seres humanos, no alimañas. Países como el nuestro que tratan a los refugiados en general y a las niñas y niños en particular como pelotas en su asqueroso partido de tenis político.

En la actualidad, buena parte del mundo camina por la cuerda floja. Entre unas cosas y. otras es difícil decir de qué lado caerá y si en verdad caerá o, simplemente, se volatilizará. Pintan bastos. La pseudo-democrática Europa se sostiene malamente sobre concertinas (que llaman de seguridad) y esvásticas. Por otra parte, la vista desde afuera es bastante borrosa. Nadie garantiza que allí, en la orilla iluminada por esos modernos neones que atraen a tantos desesperados no esté agazapado algún enloquecido con corbata o tricornio. En definitiva, nadie puede decir si andar por la cuerda floja es un nuevo estilo de vida, un nuevo código, una nueva moral, una nueva política. Lo que si podemos decir es que es un asco. Los refugiados, los migrantes son nuestro espejo, un examen, un reto, una llamada a la confrontación con nuestros valores. Los refugiados son el principio y el fin, el efecto y la causa, son ese mazo de cartas con las que se podrá leer el futuro inminente del mundo. Y el conocimiento será de quien sepa leer pero no, desde luego, de gentes como las autoridades del Puerto de Santander que parece que no han salido del catón. Por cierto, ¿cómo se llama el responsable de la grandiosa idea de poner esas concertinas en el Puerto? Menudo…

Artículo publicado en El Faradio el 19/01/2022

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