Yo Loba 10

por Pilar Salamanca
Loba

La moda de los talleres literarios, el flujo cultural contemporáneo respalda enérgicamente la democrática idea [¡Es la democracia, imbécil!] de que cualquiera puede ser escritor. Esta idea, según mi admirada Duvravka, reporta importantes beneficios al “ego” de los aficionados porque, en efecto a día de hoy, todo el mundo piensa que puede ser escritor, en tanto que para ser artesano hacen falta herramientas.

O al menos, es lo que sugieren esos libros de autoayuda que instruyen al interesado sobre como triunfar con nada más que su talento. Con su talento y, también, con la inestimable ayuda de los escritores consagrados que hacen su agosto publicando títulos como: Si lo hubiera sabido: las 10 cosas imprescindibles antes de empezar a escribir. A continuación, al principiante le toca especializarse: Cómo ser buen escritor de novelas y relatos o ya que estamos de poemas etc… para ya después ir directamente al grano: Gana dinero como escritor en tus ratos libres o Escribe más y vende más, unos verdaderos best- sellers como podrán ustedes imaginar.

Hay además varias colecciones de libros para memos, idiotas y estúpidos e incluso kits de escritores – como uno que yo compré a precio de oro (pertenezco al equipo de los memos) – que incluye un libro, por supuesto sin escribir – y varias tarjetas con los consejos adecuados para escribirlo, tarjetas  que, según el folleto, tiene una que barajar cada mañana antes de sentarse a la mesa.

Pero, se preguntarán ustedes, ¿Qué tiene que ver todo esto con la Literatura? Mi respuesta es que prácticamente nada. Que son ganas de enredar. De convertir lo trivial en un “must”. Y es que lo trivial ha anegado la vida literaria contemporánea y por su culpa, la publicidad de un libro se ha convertido en algo más importante que el libro mismo y la imagen de la autora, no digamos. ¡Esa manía de poner una foto en la solapa que según y cómo (es decir según como sea la foto) resulta más importante que lo que se ha escrito realmente! En fin: Ha tiempo que me había dado cuenta de que una escritora como yo  lo tenía bastante crudo y eso que, en realidad, no sabía que fuera para tanto. Señor, ¡que cruz!

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