Yo Loba 14

por Pilar Salamanca
Loba

No me lo puedo creer. Las cuotas de perversión que ha alcanzado el discurso de ciertos políticos son inconcebibles.

Echo la vista atrás y, por comparar, recuerdo a Erica Jong y el éxito de ventas a escala mundial que obtuvo su libro Miedo a volar que tan importante papel desempeñó en los años setenta en la liberación sexual del proletariado femenino y no puedo por menos que hacerme de cruces cuando compruebo que, a pesar de sus rompedoras ideas hoy día ya no lo leen ni las ancianas en los asilos. Y es que ahora, la moda ha cambiado y lo que se lleva ahora tanto en Literatura como en Política es – no se lo pierdan – la perversión.
Una perversión – eso sí – que solo se relaciona con el sexo de manera tangencial pero tan perturbadora que termina por adueñarse del relato hasta convertirlo en algo desprovisto de argumento, de razón o de verdad, de motivos reales o, ni siquiera, de pertinencia.

Una perversión, digamos, que ni siquiera viene a cuento.

Esta clase de perversidad (ni siquiera inteligente) es el verdadero motivo  por  el queundescriteriado como el tal Cantó, ha podido decir que “La Conquistafue “un hito” en el que se liberó a miles de personas que estaban “sojuzgados por un poder que era absolutamente brutal, salvaje, incluso caníbal” SIN que esas palabras perversas y cargadas de ignorancia, le hayan explotado en todos los morros.

¿Caníbal, dice? ¿Ya sabrá él lo que significa esa palabra?

Porque seguro que no está pensando en los chuletones de buey a la parrilla o en las cabezas de lechazo asado a la que golosamente, en estas tierras sorbemos los ojos.

No, a nadie le interesan las victimas reales ni los crímenes reales: ni a los tribunales, ni a sus ciudadanos, ni a los historiadores, ni a los editores, ni a los lectores. Todos se niegan a creer lo que sucede de verdad. Las imbecilidades son mucho más convincentes; la realidad resulta demasiado real; Al parecer, el personal sólo puede identificarse con un crimen inventado, solo se excitan con la maldad y la perversión de la pantalla pero no con la  verdadera perversión o el “canibalismo” de la guerra de Yugolsavia, el genocidio de Palestina o el exterminio de las poblaciones originarias de todas las Américas.

No, con ESO, no.

Es por eso que puedo imaginarme fácilmente a unas cuantas lectoras contemporáneas sentadas en un charco de sangre, absortas en la lectura del discurso del tal Cantó sobre la perversidad congénita de las Américas precolombinas. Incluso a mi misma – que ya me he resignado a la idea de que la Literatura tiene poco alcance (comparada por ejemplo con el de una semiautomática) – esta escena me llena de esperanza. Porque ¡Como no asombrarse ante el poder de la palabra escrita y lo que la ignorancia y la perversidad de la palabra puede llegar a conseguir si son casi siete mil eurakos al mes!

Sí, podría ocurrir que, si alguien nos contara bien esta historia, hilada y no a retales inconexos (las tres carabelas, Cristobal Colon etc…) acabemos por ver que los cimientos sobre los que hemos construido la Historia — esta historia y todas las demás – ya no se sostienen. O tal vez sean necesarios varios volcanes más y otras tantos Coronas. O tal vez sean los incendios los que nos despojen de nuestras viviendas y seres queridos. O la falta de agua. O su exceso.

Es una historia que aún está por contar… si aún queda alguien para contar.

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